viernes, 3 de mayo de 2013

Brain Damage (1988)

Brain Damage (1988) escrita y dirigida por  Frank Henenlotter. Actúan Rick Hearst, Gordon MacDonald, Jennifer Lowry y Theo Barnes.


En los 80, las comedias de terror, se filmaban con una desfachatez que ya no se ve. Hay un finísima cornisa entre tratar de dar gracia y tratar de dar miedo. Chucky la caminó honrosamente, los Critters tenían su gracia, y hasta se puede pasar un buen rato con Killer klowns from outer space. Brain Damage está en esa línea. Es zarpada, es ridícula, es divertida y tiene ese horror maravilloso, más cercano a 1000 Maneras de Morir que a Saw.

Un monstruito crea un lazo simbiótico con un pibe. Él lo lleva en su cuerpo como un parásito y le da de comer cerebros, a cambio, el bicho le inyecta una droga que lo hace vivir en un éxtasis psicodélico permanente. El tono de la película se entiende desde la escena inicial, pero está resumido perfectamente en la primer momento donde aparece la criatura. Es un títere pedorro, mezcla entre gusano, sorete, poronga, hongo y alien; tiene ojitos de papel, sonrisa, y habla con una voz de canchero total. Si te bancás ese nivel de bizarreada, la vas a pasar bien con Brain Damage. A partir de ahí es una maratón de alegorías a las drogas, al sexo, a la psicodelia y un festival de ridículo y gore.

En la mayoría de las películas donde el malo es seductor, no terminamos de entender por qué el protagonista cae en la trampa. No sé si me tienta que un vampiro me convierta en su esclavo a cambio de que me chupe la sangre (o que me haga chupar la de él, que es peor). Vivir de noche, siempre joven y chuponeando minas es más o menos lo que hace cualquier teenager ¿Para qué se dejarían convertir en un no-muerto?. En cambio en Brain Damage, incluso en su tono de parodia, está bien planteada esa extorsión. Todos entendemos por qué el pibe se deja manipular por el gusano, las escenas de felicidad eufórica son convincentes. También, como espectadores, nos sentimos un poco estimulados por el juguito azul y empezamos a gritarle a la pantalla ¡Vamos! ¡Comele el cerebro a ese viejo! ¡Endrogá a ese pelotudo! ¡Hacelos mierda a todos!

La peli está hecha con poco presupuesto, pero la producción es digna. El maquillaje y la ambientación de la conversión del tipo a yonqui, están bastante logrados. Los efectos son un poco chotos, pero más por cursis que por mal hechos. Rick Hearst, que interpreta al protagonista, lejos de tomarse su papel en sorna, actúa creíble (tanto como lo puede ser un tipo hablando con un muñequito de un hongo fálico-alienígena). Las caras de orgasmo que pone cuando el bicho le da el pinchazo o los saltos de drogón acelerado, son de lo más disfrutable de la película. La música es muy copada: teclados ochentosos, ambientación y algo de onda de dibujo animado. Los sonidos acuosos del bicho moviéndose, comiendo cerebros o inyectando la droga, son muy divertidos y asquerosos también.

El escritor y director es Frank Henenlotter, que tiene un puñado de películas en el mismo tono (Basket Case, Frankenhooker) que también valen la pena. La edición en DVD (la que está en Netflix) incluye algunas escenas que se habían censurado: chistes gore y alusiones a la felatio y a la homosexualidad. Es cierto que es una película con moraleja de principio a fin, pero está hecha con tanto humor e inteligencia que no parece un reto de madre, sino el consejo de un tío piola.



por Pato Pitaluga

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